Viajo dentro de una botella de aparentes letras luminosas; de estética clásica y pintadas a mano... en ellas... deletreo la imposibilidad de un remitente y la prudencia de su posible paciente dueño.
Viajo dentro de dos botellas, de aparentes veintidós letras muy bien delineadas en el pulso de aquel artesano nunca bien visto; en su tarea el mensaje, en el destinatario el juicio, que la conclusión es y será siempre relativa a sabiendas de quien cotice mi firma y me lea en lo no escrito...
Viajo dentro de nuevas tres botellas, y cada tres olas una gota entra y sale más de cien veces en el mismo movimiento lento del soplo de mi respirar intrascendente; un segundo de respiración son mil posibilidades de vida, dos segundos serían demasiadas vidas para demasiadas posibilidades de felicidad en tan débil cuerpo.
(...)
¡En el mareo de las palabras me ahogo asquiento de tanto mensaje ceremonial y falso malestar! Pero la vida no ha, y repito, no ha de ser así si no me parece, no al menos dentro de esta botella; y es que aquí las perspectivas se pierden, sin saber por qué ¿Por los reflejos o las cabezas cóncavas? Y es que todo esto queda limitado al entendimiento básico de las naturalezas efímeras de la imagen aparente.
Y digo...
¡Con una gota en esta vida basta!
Que si bien se utiliza, ésta sólo ha de andar en la finalidad del segundo circundante, que la felicidad viaje entonces también aquí sin mayores culpas; quien quiera le tome ¡De otros los lamentos! Quien quiera encumbrar que encumbre, quien por ello pueda fallar, que falle; que nuestras son las licencias, que la vergüenza ¡Escándalo! se escandalice, y se vanaglorie entonces sobre el acto de lo mal y lo no pensado.
¡No es oportuno el miedo hoy!
Enfurezcamos la calma de aquel vientre santo, ¡Dos veces escándalo!
El hijo no viene en la paz de quien le ha concebido; las etiquetas no lo garantizaban. El animal ha de llegar danzando entre tambores de costas hambrientas de noble espíritu, reciban ustedes el brillo polar en sus costas que el viaje ha sido más que fructífero. No se dónde partimos, en qué calle, no recuerdo haberme despedido, tampoco el por qué de mi religión inactiva, ni el porqué de mis destapados vicios; no se si subí o de aquí he sido siempre, navegando tras la apertura de los futuros continentes, no se si voy o vengo, no por ahora, quizá... por siempre.
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